Publicado: Dom 30 Jul 10:13 am

FUJIMORI Y LA PROPUESTA DE INDULTO

El fujimorismo juega con el Perú. Dicen que Kenji y Keiko no se llevan bien y se pelean por tomar el control de la herencia política de su padre, pero eso es falso. Lo que vienen haciendo es un juego en pared, y lo que advertimos hace unos meses se hace realidad. En un momento querían que el país se polarice entre fujimorismo y antifujimorismo. Cuando descubrimos su trampa, ahora pretenden polarizar entre Kenji y Keiko para que el apellido “Fujimori” sea el centro de la discusión nacional, el protagonista en el escenario político. La polarización es, más bien, entre Patria y antipatria (fujimorismo), entre un gobierno democrático y uno mafioso (fujimorismo), entre la decencia y la indignidad (fujimorismo), entre cambio y continuidad (fujimorismo). O caemos otra vez en la trampa, o simplemente cambiamos desde la calle la agenda política del país.

INDULTO

Sin embargo, ese no es el tema de este artículo. Quienes hemos pasado por los cuarteles durante los años noventa conocemos el costo de una guerra, los muertos y los heridos de ambas partes, y quienes estuvieron en un combate saben que, “o matas o el muerto eres tú”. Es la ley de la guerra. Pero sabemos también que, aun en el fragor del combate, el soldado debe ahorrar vidas cuando el enemigo se rinde o queda desarmado. En ese momento el enemigo deja de ser tal para ser solamente un compatriota, un peruano que, equivocado o no en sus ideas, espera que actúes como un ser humano; entonces, o le disparas en la frente y te conviertes en asesino, o cuidas su vida y te conviertes en un soldado digno del ejemplo de Grau.

Desde la visión de un soldado, lo que ha hecho Fujimori es simplemente un crimen. Siempre se habla de Montesinos como el genio del mal, y ciertamente es un genio, hay que reconocerlo. Si en su camino encontraba un mejor director de orquesta que Fujimori, yo sé que hubieran llevado al Perú a ser primera potencia militar y económica de Sudamérica. Pero se juntaron los dos instrumentos del mal, y han convertido al Perú en lo que es ahora: un pequeño satélite de países que hace solo doscientos años ni existían, una chacra de las economías transnacionales, un país en ruina total.

¿Y qué ha hecho Fujimori, aparte de llevarnos al estado actual de dependencia y humillación histórica (recuerden que Ecuador, un país más pequeño que Loreto, nos ganó la guerra)? Fujimori ordenó matar dirigentes gremiales que hablaban de derechos, desapareció estudiantes universitarios solo por pensar diferente y aplicó una política de exterminio contra los andinos con el control de natalidad. Sobre todo fue una etapa negra para el periodismo. El fujimontesinismo enterró vivo al periodista huachano Pedro Yauri después de hacerle cavar su propia tumba, asesinó al hombre de prensa ayacuchano Luis Morales Ortega, secuestró y torturó a Gustavo Gorriti, cortó con serrucho el brazo del periodista Fabián Salazar (redactor de La República) y voló en pedazos con un sobre bomba a la joven periodista pucalpina Melissa Alfaro cuando investigaba la desaparición del estudiante universitario Ernesto Castillo. César Hildebrandt se fue a España, dizque becado, pero fue porque se descubrió por informes de una agente de inteligencia, de nombre Mariella Barreto, de un plan para asesinarlo y echarle la culpa a Sendero. A Barreto la encontraron después en pedacitos en un costal en el norte de Lima.

Nosotros observamos estos hechos desde la prensa de Lima, y denunciamos. Recuerdo el 5 de abril de 1992. Cerraron el Congreso y los parlamentarios fueron secuestrados en sus casas. Nuestro diario, Última Hora, salió sin titulares en la portada –porque nos censuraron– con la foto de un tanque que llevaba en el cañón un letrero que decía: “Vamos Boys”. Desde ese día, el periodista que se oponía al régimen, recibía mil presiones y amenazas. Los dirigentes estudiantiles o gremiales que hablaban contra la dictadura, aparecían muertos en “accidentes” o en “asaltos”. Asesinaron al líder sindical cusqueño Pedro Huillca y culparon a Sendero. Toda voz disidente e inteligente era castigada con la persecución o la presión. Y para que pueda brillar el parásito mayor (Fujimori), sus áulicos apagaban cualquier luz de la razón y de la verdad, convirtiendo el país en el reino de los borregos.

Algunos periodistas empezamos en Diariouno, un periódico de oposición donde estaban Nilo Espinoza, Iván García Mayer, Pedro Salinas, Alberto Borea Odría y muchos otros jóvenes que hoy brillan en el periodismo nacional. Pero desde el primer día sufrimos el acoso de los servicios secretos de Montesinos. Presionaban a los empresarios para que no pongan aviso en nuestro periódico, para matarnos de inanición. “Compraban” a los canillitas para que escondan el diario. Sobrevivimos algunos meses. Pero la muerte estaba anunciada desde el primer día. Era delito oponerse al sátrapa, que ya empezaba a vender a las transnacionales todo lo que no le pertenece con el aplauso de toda la prensa chicha. Fujimori vendió a precio de gallina flaca Petroperú, la refinería de La Pampilla, los grifos, lotes petroleros con reservas probadas, Solgás, Sider Perú, Aero Perú (ahora LAN), Hierro Perú (ahora Shougang, china), Centromin, Entel Perú (ahora Claro y Movistar), Electro Lima, etcétera. Más de 200 empresas peruanas pasaron a manos de las transnacionales, y los peruanos fueron condenados a ser empleados de los extranjeros en su propia tierra.

Después pasamos al diario La Mañana, fundado por Maruja Valcárcel y el genial Sofocleto. Imposible sobrevivir. Sofocleto estaba hecho de otra madera: era un ser nacido para ser libre y no se sometería jamás y Maruja se había forjado bajo el yunque del indigenismo. Juntos eran dinamita y un peligro real para Fujimori. La presión económica vía Sunat empezó enseguida. Los periodistas eran seguidos por los servicios secretos como vulgares ladrones. Algunos éramos sospechosamente asaltados en pleno Miraflores. Al poco tiempo cerró La Mañana, y Sofocleto se fue a su casa a morirse lentamente en este país donde los mejores murieron olvidados.

EL RETORNO DE LA MAFIA

¿A favor de los pobres? Yo no le creo a Keiko Fujimori ni a su hermano Kenji cuando hablan de trabajar a favor de los pobres. En su familia esa propuesta es antigua. En 1990, Fujimori le ganó a Mario Vargas Llosa (“el candidato de los ricos”) con el apoyo de los pobres al ofrecerles “honradez, trabajo y tecnología”. La propuesta sólo sirvió para llegar a Palacio. El “candidato de los pobres” cambió de pellejo no bien llegó al poder: de inofensiva lagartija pasó a voraz y peligroso lagarto. Se rodeó de los ricos del país y nos llevó a la peor etapa de nuestra historia. Intentó acabar con la pobreza esterilizando a los pobres para que no tengan más hijos mientras traía chinos por miles para que ocupen el lugar de los peruanos que no nacerían nunca. A los pobres les repartía comida contaminada con sicoquímicos para que no puedan reaccionar ni protestar y les regalaba cuadernitos y uniformes en vez de darles un trabajo digno.

¿Honradez? La mafia se cargó el país en peso. Los fujimoristas se volvieron millonarios con el dinero de todos los peruanos. Entregaron casi todas las empresas estatales a sus allegados. Por poco privatizan nuestras casas y las calles. Una parte de ese dinero (seis mil millones) se llevaron a bancos del exterior.

¿Trabajo? Fujimori ofreció trabajo para todos (como ahora) pero despidió miles de trabajadores y acabó con la estabilidad laboral, convirtiéndonos en el país de los cachuelos. Fueron creación del fujimorismo los services que les roban a los trabajadores. A los jóvenes de entonces nos prometió el futuro (como ahora) y nos robó el presente. Abrió nuestro mercado a los chinos, a la competencia desleal (dumping), y ahora nuestros pequeños empresarios de Gamarra (fabricantes de ropa y zapatos) se encuentran al borde de la quiebra. Desde esos años hasta ahora se fueron del país casi tres millones de peruanos, principalmente jóvenes, en busca de ocupación, como consecuencia del modelo económico que enriquece a unos pocos y empobrece a las mayorías.

¿Tecnología? Somos un país “picapiedras”. En eso nos ha convertido Fujimori y los siguientes presidentes que aplicaron el mismo modelo económico y la misma Constitución. Vendemos piedras (minerales) a precio de gallina flaca y compramos productos fabricados con esas mismas piedras pero costando miles de dólares. Cero en tecnología. Compramos chatarra, llenando las calles de carros de segunda mano.

¿Educación? Fujimori firmó con el Fondo Monetario Internacional (FMI) una carta de intención que posicionó a la educación peruana en el último lugar en Latinoamérica, sólo encima de unos cuantos países. Según ese compromiso de sometimiento, el Perú debe destinar a la educación menos del 4% del Producto Bruto Interno. Los dueños del FMI (Estados Unidos, Francia, Alemania, Japón, España y otros) nunca permitirán que destinemos más dinero a la educación. No les conviene. Destinando, por ejemplo, un 15% de nuestro PBI a ese rubro (como los países europeos), en veinte años nos industrializaríamos y superaríamos a esos países, quitándoles el mercado mundial (porque tenemos materias primas). ¡Eso quieren evitar el FMI y Fujimori al imponernos ese mísero 4%!

Y ahora, los que nos robaron a todos los peruanos (los Fujimori, Martha Chávez, los Chacón, los mismos de antes pero con un nuevo rostro, Keiko o Kenji), nos hablan de honestidad. Los que llevaron al país a la dependencia total, nos hablan de cambio. Los que beneficiaron a los extranjeros, hablan de promover al empresariado peruano (las empresas peruanas son asfixiadas con impuestos antitécnicos, mientras las multinacionales tienen privilegios). Los que implantaron una de las dictaduras más implacables de esta parte del mundo, hablan de democracia (independientes, apristas, izquierdistas, peruposiblistas, acciopopulistas, todos sin distinción de color político, tuvimos que salir a las calles en la Marcha de los Cuatro Suyos para recuperar nuestro derecho a la libertad política).

No se trata de odio ni de venganza. Se trata de memoria y de dignidad. Por eso, como soldado de la Patria digo: ¡NO AL INDULTO DE FUJIMORI!

Por Hernán de la Cruz Enciso 

Escritor y periodista.